Noto a mamá estos días especialmente nerviosa y a cada rato me da achuchones muy fuertes mientras observo que se le cae una lagrimita por la mejilla. Papá cuando llega también me abraza mucho, no sé qué será, pero algo pasa.

Hoy mamá se pone guapísima, dice que tiene que volver a ir a su oficina mientras me cambia y me peina. Todo el rato me sonríe dulcemente, pero parece algo triste, aunque en el coche cantamos como siempre.

Aparca y coge la mochila, respira fuertemente mientras me sujeta y entramos en una enorme casa. Mamá se queda en la puerta y unas personas muy amables -vestidas de amarillo chillón- me llevan de la mano para dentro, mientras apenas puedo ver como ella se aleja.

Me presentan a gente de mi estatura y hago muchos amigos, porque con gestos enseguida me entienden. Y… ¡madre mía!: corremos por el jardín, amasamos con harina, recogemos frutas del huerto, contamos hortalizas de verdad -de las que se pueden comer-, pintamos en una pizarra gigante … Ahhh, creía que no había nada comparable a desordenar los cajones de mis juguetes en casa o a una tarde en el parque, pero me equivocaba.

Con la carita lavada y muy bien oliente, veo que recogen mi mochila otra vez, ¿toca irse ya? No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero a mí se me ha hecho cortísimo, y no quiero irme, creo que voy a llorar, pero, aunque me esfuerzo estoy tan cansado que no puedo.

Pero, ¿qué veo? ¡¡si es mamá que me está esperando!! Voy a sonreírla para que vea lo bien que he estado aquí, no me gusta nada verla como estaba estos días. Ella también me sonríe, está contentísima de verme, ¡seguro que esta noche toca un cuento genial!

Recién bañado, y cenado, me acuestan y me siento como un auténtico Rey. ¡Ooooaaaauuuuhh! Solo espero que mañana sea tan estupendo como hoy.

– Buenas noches Papi, buenas noche Mami, buenas noches NIDO. ZZZzzz

 

 

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